Marzo-Abril 2022

Ahora la crisis es humanitaria

Ediciones Cemento, S.L.U.

Y cuando parecía que lo peor ya lo habíamos dejado atrás, estalla una cruel guerra (todas los son) en Ucrania, el coste de la electricidad se dispara hasta batir récords y el transporte de mercancías por carretera se paraliza, lo que origina, sumando todo lo anterior, la escasez de los suministros necesarios para la producción de materiales de construcción y una escalada sin precedentes de la inflación.

Sin duda que, dejando lógicamente en un segundo plano todo lo relacionado con lo estrictamente económico, es la invasión de Ucrania lo que más nos preocupa ahora mismo a todos, habida cuenta del goteo constante de noticias que dan cuenta del creciente número de civiles muertos debido a los bombardeos y el sitio de muchas ciudades ucranianas. De igual modo, hay que hacer referencia a los ya millones de personas que han abandonado el país del este europeo en busca de refugio, huyendo de los horrores de la guerra. Todo lo demás, todo aquello que no tiene nada que ver con esta situación, ocupa un segundo lugar, aunque en algunos momentos le demos más importancia de la que realmente tiene y que no sería así si hiciéramos un ejercicio honesto y justo de relativización.

Hecha esta salvedad obligada, el impacto económico de la guerra en Ucrania lo hemos sentido rápidamente en la Unión Europea (UE), tal y como comentábamos al principio. Desde la UE y los Estados Miembro se ha trabajado a marchas forzadas y a contrarreloj para aprobar y poner en marcha medidas que de alguna manera vinieran a paliar las consecuencias de la crisis energética originada por el conflicto bélico. Aunque la verdadera solución pasa por poner fin a la guerra de forma inmediata, ya que todo lo demás son simples ‘parches’ que son imposibles de mantener en el tiempo debido a su alto coste. Y es que esta guerra también ha dejado más que patente la dependencia europea de las fuentes de energía no renovables, como es el gas de origen ruso, especialmente vital para países como Alemania, lo que, a su vez, ha dejado al descubierto el largo camino que le queda por recorrer a la UE hasta conseguir ser energéticamente autosuficiente (y renovable).

Así las cosas, nos ha tocado, y ya hemos perdido la cuenta, afrontar una nueva crisis económica (y ahora también humanitaria) que esperemos no se extienda en el tiempo. En este sentido, ya vamos viendo cómo se están poniendo en práctica medidas para intentar paliar los elevadísimos costes eléctricos, lo que para nuestro sector es vital al representar una parte importante de los costes de producción. Y lo mismo ocurre con el sector del transporte, que ya ha recuperado la normalidad después de los paros que impactaron gravemente en la cadena de suministro del cemento y el hormigón. Pero es el fin de la guerra en Ucrania lo que más anhelamos. Al cierre de esta edición, todavía continúan los enfrentamientos entre las tropas ucranianas y rusas y, en medio, la población ucraniana.

La tragedia que se está viviendo a no muchos kilómetros de nuestras casas, es algo para lo que no estamos preparados. ¡No a la guerra!

 

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